sábado, 26 de diciembre de 2009

Pepe Zapata

Relato que se publicó en la Revista "El Caos Que Te Parió" en mi sección: Relatos de Ratos.
Link: elcaosquetepario.com.ar



4 de la mañana en Puente Saavedra-
Estaba sentado en mi Piaggio Vespa modelo 94 con motor apagado, esperando el colectivo que llevaría a la Cereza a su casa.
Esperábamos; cuando se presentó.
Actuó un papel de fiscal, me dijo algo en referencia a que no podía estar sobre la vereda con la moto y sin casco. Luego sonrió.
“Soy Pepe Zapata” dijo y le creí-
“Todos me conocen” continuó.
Como suelo ser muy sociable y hablo con quien se me cruza, le seguí la charla interesadamente.
Pepe contó que era zapatero del barrio de Nuñez, que conocía a Zulemita y que tenía dos sobrinas de 17 años.
Nombraba gente y gente. “Todos conocidos”, decía.

A mi lado, Cereza sólo miraba y esperaba mi mirada, que estaba en Pepe y en la chica esa de la esquina que no se tomaba ninguno de los taxis que paraba. Parecía que les decía para donde iba y nadie la quería subir. Yo me colgaba en sus pies, que se movían con una sutileza ligera marcando sus gemelos de piel suave.

Pepe tenía el pelo canoso, la piel morena de sol y calle, remera agujereada en la espalada, jean gastado y sucio y unas zapatillas que parecían indestructibles. Tenía 66 años y no lo dijo en toda la charla.
Nombraba personas todo el tiempo. Y todo lo contaba en un orden que me sorprendía.
Seguido del nombre y apellido, decía la profesión, luego donde vivía y terminaba comentando la edad y el como habían muerto.
Al principio imaginé que habría perdido muchos amigos de su edad, pero contaba muertes jóvenes e insólitas.
En un momento todo era sistemático. Nombre y Apellido, Profesión, Lugar de Residencia, Edad y Muerte-
“Sí, a Nico lo conozco. Pobre. Tuvo un hijo con una enfermedad extraña. Gastó todo su dinero en salvar al pibe. Y lo salvó. 20 años tenía. Se compró una moto y se mató. Se clavó el manubrio en el pecho y chau.”
También dijo que su madre había muerto y que por eso, para poder dormir dejaba la radio en volumen bajo.
Pepe no te aguantaba la mirada más de 3 segundos. Era como si no quisiese tener pena de uno.
Pepe tenía las monedas en la mano derecha y cada 6 minutos las contaba. Con la mano izquierda hacía ademanes y se agarraba del poste de la parada.
Pepe se reía de lo que contaba, se acercaba, te hablaba fuerte y dos veces me tocó el hombro izquierdo como pidiendo una mayor atención.

La chica de los taxis por fin se subió a uno. El taxi pasó, ella miró mostrando los dientes. En ese segundo vi a Pepe y Cereza como mis jefes de celda-
Cereza me rescató un par de besos.
Besé-

Pepe seguía relatando muertes. Hablando de sus rodillas lastimadas. Pepe no podía caminar más de 50 metros. Esperaba el 71 para ir a Plaza Miserere, de ahí se tomaría otro para llegar a Lanús.
Pepe usaba anteojos grandes y tenía el ojo derecho exageradamente más grande que el izquierdo.
Entre tantas muertes, contó que se había comprado un plasma cuando trabajaba en Rodo y que cuando llegara a su casa se tomaría unos mates y vería una película.
Le pregunté: “¿y cuándo duerme usted Zapata?”, tratando de que continúe hablando de algo que NO sean muertes.
Me contestó: “Duermo muy poco, cuando duermo.”
Puso cara de felicidad y tiró: “El otro día pasó el Huguito por la zapatería. Hugo Zaraya. Peluquero. Buen tipo. Hace mucho no pasaba, pero claro, después de la muerte de su hija, no quería salir ni a la esquina. Yo la conocía. Melisa, se llamaba. Estudiaba medicina, excelente alumna. 21 años. ¿Podés creer que la partió un rayo? Así como así. Zas! Y Huguito, pobre, no tiene consuelo. Esa noche llovía como nunca, lo recuerdo bien.”
Esa frase final me dejó con las ideas estáticas. Paralizado en mí pestañar. Ojos vidriados. Mi cabeza me acomodó en un pensamiento, que se erguía y me consumía.
¿quién era Pepe, realmente?
De pronto lo vi, lo entendí, lo razoné tan iluminadamente que lo sentí como un golpe en la nuca.
Claro: Pepe era la muerte.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Al descubierto, con la mirada de Pepe encima, con Cereza en mis brazos, con mi moto entre las piernas y con mi cabeza disparándome imágenes de todas las maneras en las que me podría morir en el trayecto de vuelta a mi casa.
Pepe hacía chistes sobre San Pedro y al mismo tiempo lo podías confundir con un ángel.
Pero Pepe era la muerte.
Lo pensaba y quería escribirlo.
Acerqué mi boca al oído de Cereza y le dije: “Necesito escribir ya!, Cereza: este hombre es la muerte”.
Ella no entendió lo literal que estaba siendo.
Llegó el 71. Se subieron los dos.
Pepe me saludó, se sentó y me volvió a saludar con una sonrisa aún más grande.
Cereza sacó el boleto, miró y caminó hasta el final del colectivo, donde se sentó junto a la ventana. Tiró un beso de media sonrisa apoyando su mano en la boca cansada.
Caminé con la moto hasta la esquina, despidiéndome de la calle, de las cucarachas, de la mugre y de los pasos ajenos.
Encendí la moto. Tomé coraje y aceleré-

Les digo la verdad: pensé que jamás llegaría a escribir estas letras.
Se ve que Pepe, esta vez, no venía por mí.

¿Quién lo estaría esperando en Lanús? ¿lo estarían esperando?

Recuerdo lo que Pepe le dijo a Cereza al verle los varios piercing que llevaba en los labios:
“Nena, ahora sé porque no los encontraba en la caja de pesca. Tenés todos mis anzuelos en tu boca.”
La última oración fue digna de un poeta.

A todo, no dejo de preguntarme:
¿Qué habrá sido de Cereza?



3 comentarios:

alicia dijo...

QUÈ CONMOVEDOR ÈSTE RELATO!! EXELENTE! GRACIAS...UN BESO ENORME
:D

Graciela dijo...

MUY BUEN RELATO, ME MANTUVO EXPECTANTE TODO EL TIEMPO. YO VIVO CERCA DE PTE SAAVEDRA ESPERO QUE DON ZAPATA NO ANDE DANDO VUELTAS POS ACÁ, JA. MUY INGENIOSO LO TUYO. UN BESO-GRACIELA.

Martín Jiménez Guerra dijo...

Muy bueno Agustín. Te mando un abrazo.